Motivada por la salida y la victoria sobre su "enemiga", Miranda se apresuró a arreglarse. Quería sacudirse la imagen de la mujer sufrida y tensa de los últimos días. Rebuscó en su armario y eligió un vestido hermoso, de una tela ligera que se ceñía a su cintura y caía con elegancia, resaltando su figura. Se sentó frente al tocador y, con cuidado, delineó sus labios con un tono carmesí vibrante. Al mirarse al espejo, sonrió. Se sentía bonita, recuperada, poderosa.
A la una en punto, el claxon d