Cuando Miranda llegó a casa de su amiga, Vera, fue recibida con una efusión de indignación solidaria.
—¡No puedo creerlo, Miranda! De verdad, ¿tu marido tuvo el descaro de decirte que permitiría que la madre de su hijo esté con ustedes algunos días en casa? —exclamó Vera, ofreciéndole una cerveza helada—. Creo que todo esto claramente es un plan de esa mujer. Lo único que quiere es estar cerca de tu marido. Es una desgraciada, la verdad es que deberías darle su merecido. ¡No te quedes de brazo