Miranda se cambió de ropa a regañadientes. No tenía intención de seguir sus órdenes, pero sabía que un escándalo en el resort solo complicaría su situación. Bajó al restaurante con la intención de mantener la distancia emocional.
Encontró a Alec y Edward sentados en una mesa con vistas al mar. Edward estaba devorando con entusiasmo su desayuno.
—¡Miranda! —la saludó el niño con una sonrisa.
—Buenos días, Edward —saludó Miranda, devolviéndole el saludo con una calidez inesperada, la única que