Alec se acercó a Edward y le revolvió el cabello con una sonrisa forzada.
—No, no pasa nada, hijo. —Luego miró a Miranda con una expresión que mezclaba desdén y una sutil molestia por el reclamo que acababa de recibir.
Sin decir una palabra más, tomó a Edward de la mano.
—Vamos, Edward. Vamos a ver la piscina. ¿Te parece?
—¡Sí, papá! —exclamó el niño, feliz de la distracción.
Alec salió de allí con el niño, dejando a Miranda sola.
Ella se quedó allí, parada en medio de la suntuosa sala de es