Elizabeth abrió los ojos de golpe después de haber tomado una siesta que terminó convertida en una pesadilla. Sentía que el corazón latía demasiado rápido y el sudor perlaba su frente. Había soñado otra vez con ese pequeño niño, Edward. El niño, inevitablemente presente en su mente, hacía que su cabeza diera vueltas.
Se sentía paranoica y volvía a tener ese tipo de pensamientos que la llevaban a un dilema mental peligroso.
Una vez más, era arrastrada por la misma sensación. Volvió a pensar en