Después de la mañana de compras, con el coche lleno de ropita de bebé y la cuna desmontada, la familia Radcliffe se sentía agotada y feliz. Habían dejado a Edward en casa, donde se había retirado a su habitación para jugar con su nueva posesión: el osito de peluche que había elegido para su futuro hermanito.
Miranda y Alec habían decidido almorzar solos, disfrutando de un raro momento de intimidad.
—¡Muero de hambre! —exclamó Miranda, llevándose una mano al abdomen. El hambre del embarazo era i