Vera seguía en su nube de felicidad. A pesar de la extravagante y rápida propuesta de Zamir, el anillo en su dedo era una prueba tácita de que el riesgo a veces valía la pena.
—¡Por supuesto que acepto! —había dicho, y se sentía flotar. Zamir, con esa sonrisa triunfante y cariñosa que la derretía, deslizó el hermoso diamante en su dedo.
Después de que Zamir se marchó a su reunión, Vera no pudo contener la noticia. Llamó a Miranda, chillando de alegría.
—¡Miranda! ¡Tengo que decirte algo! He per