Xiomara, la ama de llaves, al percibir el ambiente peligroso, que inevitablemente seguía allí pero no debía presenciar, se quedó perpleja. Decidió marcharse y dejarlos a solas. Salió de la sala tan rápido como pudo, cerrando la puerta corrediza tras de sí.
Miranda se acercó peligrosamente al hombre. Molesta, enfurecida. Estaba temblando, no de miedo, sino de una rabia helada que buscaba quemar algo. Comenzó a golpear su pecho con los puños cerrados, golpes que, aunque no le hacían daño físico,