Alec estaba de pie en su inmensa oficina, la corbata aflojada y el rostro encendido por la rabia contenida. Frente a él, Elizabeth Radcliffe, permanecía de pie, elegante e imperturbable, pero visiblemente tensa. La discusión giraba en torno a la conveniencia de pasar página y no buscar culpables, ni siquiera por el accidente de Miranda.
—Si te preocupaba demasiado que yo pensara de esa manera —espetó Alec, con una voz peligrosa—, ¿no crees que nunca debió pasar por tu cabeza siquiera la idea de