Un pesado silencio se había abatido sobre el lugar, y la multitud se quedó petrificada como si fueran estatuas.
Williams avanzó con un paso lento y deliberado. Sus zapatos negros chapotearon levemente en el charco de sangre mientras se arrodillaba junto a la inerte figura cubierta por una sábana blanca, la cual tenía la mitad empapada de un tono rojo.
Con una mano temblorosa, apartó la sábana.
Y su mundo se detuvo.
—¿Peter...?
Su voz se quebró y el escalofrío que lo recorrió no era por el v