—Estás acabado. Eres culpable de matar a mis hombres. Ya llamé a la policía. Maldito miserable, estás en serios problemas —rugió el gerente, esforzándose por ponerse de pie, con la sangre colando de un corte sobre la ceja.
Jaden ni se inmutó. En cambio, se quedó allí, con las manos en los bolsillos, tranquilo como el agua en calma.
—Nadie en este mundo puede arrestarme —respondió secamente, como si fuera una verdad universal.
—No serás tan arrogante cuando estés pudriéndote detrás de las reja