La sonrisa servil de Morix Sable se congeló en un instante. Después, su cara se tornó de un rojo intenso, casi morado. Sus fosas nasales se ensancharon como las de un toro a punto de embestir.
Lentamente, giró la cabeza hacia el supervisor de seguridad y su equipo; su mirada era tan filosa que parecía capaz de arrancar la piel a tiras.
—Bola de imbéciles, ¿tienen idea de a quién acaban de ofender? —gruñó.
—¡Plaf!
Su mano impactó con fuerza en la cara del supervisor, mandándolo al suelo.
—Por fav