Cuando el supervisor escuchó el nombre de Morix Sable, su gesto presuntuoso se deformó, transformándose enseguida en una burla descarada.
Hizo una mueca de desprecio.
—¿Morix? Por favor, no me hagas reír.
Jaden lo ignoró. No le dedicó ni una sola mirada. Sacó su celular con calma y marcó el número con la naturalidad de quien pide comida a domicilio.
La línea conectó.
—Soy yo —dijo Jaden con voz tranquila—. Morix, estoy afuera de tu restaurante.
Ese nombre, esa sola palabra, detonó las carcajadas