Vane Verrick no era el tipo de hombre que alzaba la voz. Creía en la mesura, en la lógica, en permitir que la razón imperara sobre la emoción. Pero hoy, nada de eso importaba. No cuando miraba a los ojos del hombre que había destrozado la vida de su hija.
La puerta principal aún oscilaba cuando él cruzó la sala, cegado por la furia.
—Tú... —la voz de Vane temblaba, rabia e incredulidad—. ¿Tienes el descaro de pararte aquí? ¿En mi casa? ¿Después de lo que le hiciste?
Sus manos se cerraron en puño