El polvo aún cargaba consigo el olor a humo y sangre. Los escombros cubrían las calles como recordatorio de la despiadada ejecución que permanecía fresca en la mente de todos.
Los ojos de Fate seguían desorbitados, con la cara desencajada por la incredulidad mientras miraba el cadáver de La Sombra, aplastado bajo los escombros. Su voz no era más que un susurro.
—El maestro Kendal... Se suponía que era intocable... —dijo Fate con la garganta cerrada.
“... pero no pudo soportar ni un solo golpe d