La atmósfera era asfixiante. Los restos del portón de la familia Blake yacían esparcidos sobre la entrada como un orgullo hecho pedazos, y en medio del desastre estaba Jaden: tranquilo, sin inmutarse, con una sonrisa.
Frente a él, los guardias de los Blake dudaban, intercambiando miradas nerviosas. Sus hombres más fuertes, tirados en el suelo, gimiendo de dolor, habían sido desbaratados como muñecos de trapo. El miedo se les calaba hasta los huesos.
El anciano, vestido con una túnica negra de bo