Harrison estaba desparramado en el sofá de terciopelo de su departamento en penumbras, con el resplandor de la ciudad filtrándose apenas a través de las cortinas a medio cerrar.
Botellas de whisky, ginebra y vino barato cubrían la mesa de cristal frente a él como soldados caídos. Tenía la camisa a medio abotonar, la corbata floja alrededor del cuello y los ojos rojos fijos en el televisor silenciado que pasaba repeticiones que él ni siquiera estaba viendo.
La risa de antes seguía resonando en s