El cielo estaba cubierto por una espesa capa de nubes, como si la luna misma se rehusara a presenciar lo que estaba por suceder.
El claro de Cuarto Creciente estaba lleno de lobos, pero el silencio era sepulcral. Todos estaban allí, con la mirada fija en Laila, esperando su siguiente movimiento. No había vuelta atrás. No podía permitirse dudar.
El peso del liderazgo caía sobre sus hombros como una losa de piedra.
Y lo sabía.
Estaban esperando que fallara.
Desde las filas de lobos reunidos, una