Capítulo noventa y uno. La marca de la traición
Nadie durmió esa noche.
La torre se convirtió en un cuartel improvisado, un vórtice de nervios, estrategias y silencios cargados de sospecha. Afuera, el viento ululaba como si la propia tierra estuviera llorando por Kael. Dentro, Lyra no se permitía ni una lágrima.
—¿Cómo rastreamos algo que se oculta entre nosotros? —preguntó Solene, aún pálida, con los labios resecos. Sus manos estaban cubiertas de cenizas y sangre.
—Desde el corazón —respondió