Capítulo Ochenta y Ocho: Una tregua de amor y sospechas.
La luz del amanecer se colaba por los ventanales del castillo como un susurro cálido, acariciando los rostros dormidos en la gran cama. Lyra se removió apenas, aún envuelta en los brazos de Rowan, cuya respiración tranquila marcaba un ritmo sereno y protector. Entre ellos, los trillizos dormían en posiciones caóticas: uno con el pie sobre el pecho de su padre, otra enredada en el cabello de su madre, el tercero abrazado a una almohada más