Capítulo Cincuenta y Tres. Nadie me dice lo que tengo que hacer.
La lluvia no tardó en romper el cielo.
El castillo se cubrió de sombras líquidas, con relámpagos que hacían temblar las vidrieras y truenos que rugían como antiguas bestias reclamando el mundo. En los pasillos, los sirvientes se movían con rapidez, cerrando ventanas, asegurando puertas y apagando antorchas que chispeaban con riesgo.
En la sala de guerra, Rowan y Kael acababan de regresar. Ambos empapados, los ropajes pegados al cu