Capítulo Cincuenta y Dos. Dos Alfas y un sueño.
El aire seguía denso en las ruinas. El cielo había enmudecido, cubierto por un velo gris que parecía absorber el sonido, la luz… y el tiempo. Kael sostenía la trenza contra su pecho, inmóvil, mientras Rowan rodeaba lentamente el altar, como si esperara que algo más emergiera del hueco sagrado.
—Esto no debería estar aquí —murmuró Rowan—. Nadie debería haber podido entrar a este lugar.
Kael asintió en silencio, pero no soltó la trenza. El aroma que