Capítulo treinta. El nombre que no debe decirse
El silencio de la madrugada pesaba como una amenaza.
En la sala oculta bajo la galería de los espejos, Kael aún no lograba comprender del todo lo que Morgana acababa de decir. El aire olía a humedad y a magia antigua. Las runas brillaban tenuemente en el suelo, escritas con sangre seca. Ewan sujetaba a la bruja por el brazo, como si temiera que se desvaneciera de un momento a otro.
—¿Quién es él? —Kael volvió a preguntar—. ¿Quién la busca?
Morgana