Capítulo ciento cuatro. No más tristezas ni injusticias.
El eco del rugido todavía vibraba en las paredes del templo. Rowan no se movió.
Frente a él, la figura envuelta en sombras descendió un peldaño con la calma de quien tiene siglos de paciencia. No caminaba, deslizaba los pies desnudos sobre el mármol como si la gravedad no se aplicara a su cuerpo. A cada paso, las antorchas parpadeaban, como si vacilaran en seguir ardiendo.
—No vine a desatar a nadie —dijo Rowan, con voz firme—. Vine a sal