Un dolor sordo oprimía el pecho de Lucía. Como si percibiera su angustia, la pequeña Alisson alzó su manita y tiró con suavidad de un mechón de cabello de su madre, mirándola con esos ojos oscuros llenos de una curiosidad inocente que lograba desarmarla.
El cielo, despejado hacía un momento, se oscureció de golpe. Lucía frunció el ceño: —Genial. Viene tormenta.
Subió al vehículo que la llevaría de regreso a los dormitorios de empleados justo antes de que el cielo se rompiera en un aguacero torr