Lucía apenas había terminado su frase cuando el llamado de una enfermera la obligó a girar sobre sus talones. Entró rápidamente al consultorio, dejando atrás la confrontación.
—Ya no hay fiebre. Los pulmones se ven perfectos en la tomografía —dictaminó el médico con tranquilidad.
Aquellas palabras fueron el bálsamo que Lucía necesitaba. Sonrió con una gratitud genuina, asintiendo al doctor y a la enfermera antes de encaminarse a la salida con movimientos suaves y prácticos. En su camino, ignoró