El rostro de Lucía estaba desencajado por la angustia mientras acunaba el frágil cuerpo de Alisson. La pequeña había dado señales de conciencia minutos antes, pero ahora sus ojos permanecían cerrados y sus pestañas, antes inquietas, estaban inmóviles. Al tocarle la frente, Lucía sintió un calor abrasador que parecía quemarle la palma de la mano.
Miró a su alrededor desesperada; la sala de espera desierta le devolvía un eco de soledad aterradora.
—Fernando... —susurró con odio—, si algo le pasa