¡Bocinazo, bocinazo!
El sonido metálico de la bocina sacó a Lucía de su letargo. Abrió los ojos, desorientada, y vio que el coche se había detenido frente al humilde callejón que llevaba a los dormitorios de empleados.
—Gracias —murmuró con voz apenas audible.
Se levantó con un esfuerzo sobrehumano, protegiendo a Alisson con un brazo mientras con el otro luchaba contra la puerta, que sentía pesada como si fuera de plomo. Lucía se tambaleó hacia el edificio, desapareciendo en la penumbra.
Dentro