La sala de juntas de Thorne Capital era un coliseo de cristal y acero suspendido sobre el abismo de la ciudad. El aire estaba viciado por el olor a café cargado, perfume caro y el sudor frío de los accionistas que presentían una carnicería. En la cabecera, Alexander Thorne presidía la mesa. No lucía como el hombre vulnerable que había llorado en el suelo del hospital; había recuperado su máscara de hierro, aunque sus ojos inyectados en sangre delataban noches de insomnio y una desesperación que