El despacho de Mateo Johnson, que alguna vez fue el símbolo de su arrogancia y de sus sueños de grandeza, se sentía esa tarde como una jaula de cristal bajo la presión de un martillo hidráulico. Mateo estaba sentado tras su escritorio de roble, rodeado de restos de comida para llevar y botellas vacías, intentando desesperadamente redactar una apelación para los bancos que le habían cortado el crédito esa misma mañana.
El silencio de la oficina, antaño llenada por el murmullo de empleados que le