La lluvia sobre la ciudad no era una simple llovizna de otoño; era un diluvio torrencial, una cortina de agua fría que parecía querer lavar las manchas de la ambición y la mentira de las calles de asfalto. El cielo, teñido de un gris plomizo, retumbaba con truenos lejanos que resonaban entre los rascacielos como el eco de un juicio final.
Para Mateo Johnson, ese sonido era el de su propio imperio derrumbándose.
Tras la humillación en la sala de juntas y la amenaza implacable de Sofia, Mateo hab