El coche de Alexander Thorne se detuvo suavemente frente a un hospital privado exclusivo, un edificio de cristal y mármol donde el silencio era el estándar de lujo. El médico de la familia Thorne, un hombre de gestos precisos y pocas palabras, atendió las quemaduras de Sofía en el brazo y la hinchazón de su mejilla con una eficiencia silenciosa. Alexander no se fue; esperó en la sala contigua, una silueta imponente recortada contra el ventanal, observando la ciudad como si fuera su tablero de a