Desde el cuadragésimo piso de la Torre Thorne, el mundo no parece estar hecho de personas, sino de flujos de capital, vectores de fuerza y debilidades estructurales. Para Alexander Thorne, la vida siempre había sido una ecuación de alta precisión. Criado bajo el rigor de una estirpe que no aceptaba el segundo lugar, su existencia fue, desde la infancia, un entrenamiento militar disfrazado de etiqueta y protocolo. Sus padres no le dieron juguetes; le dieron balances de situación. No le enseñaron