El aire en el comedor privado del Hotel Carlyle no era el de una cena de negocios, sino el de un tribunal de alta alcurnia. Las paredes, tapizadas en seda damasquina, absorbían los secretos que allí se vertían, mientras la luz de las arañas de cristal de Murano se reflejaba en los rostros de los cuatro hombres más poderosos y desconocidos de la costa este. Eran los "accionistas silenciosos", los arquitectos del capital que alimentaban las arcas del Consejo de los Doce.
Sofía Lennox presidía la