La noche en Manhattan tenía un pulso eléctrico, una vibración que solo aquellos acostumbrados a la guerra podían sentir. A las 3:14 de la madrugada, la casona, ese Refugio de los Sueños que habian blindado y construido con tanta esperanza, se convirtió en una ratonera de lujo.
El primer indicio no fue un ruido, sino una ausencia. En el búnker de la fortaleza, Simón notó que la frecuencia de radio del puesto de control exterior se había convertido en un siseo estático. Sus dedos volaron sobre el