La noche en los Alpes suizos se había transformado en un santuario de cristal y silencio. Fuera del búnker móvil, el viento aullaba entre los abetos, pero en el interior, el ambiente estaba impregnado de un calor humano que desafiaba cualquier ventisca.
El zumbido de los servidores, habitual compañero de sus desvelos, se había convertido en un murmullo blanco, una textura sonora que subrayaba la comunión más profunda que Simón y Gema habían experimentado jamás. En el pequeño camarote técnico,