La oscuridad de la carretera que serpenteaba hacia el norte, alejándose de las luces de Zúrich y adentrándose en las gargantas profundas de los Alpes, era absoluta. El búnker móvil una unidad de transporte pesado, blindada con aleaciones de grafeno y recubierta con una pintura de polímero inhibidora de radar, se desplazaba como un cetáceo negro y silencioso a través de la noche suiza. En su interior, el aire vibraba con el zumbido constante de los procesadores de alta gama y el calor humano de