El silencio de la mañana en la mansión se interrumpió por el sonido de la puerta abriéndose. No era un intruso, sino uno de los guardias que escoltaban a Beatriz, quien acababa de aterrizar tras su viaje por Europa. La mujer entró al comedor principal de la mansión con la prepotencia de quien se sabe dueña de cada rincón. Llevaba puestas unas gafas oscuras y un abrigo de piel que arrastraba por el suelo. Se detuvo en seco cuando vio a Lysandra sentada a la cabeza de la mesa, bebiendo té con una