El frío del balcón se filtró a través de la seda negra de su bata, pero Lysandra no retrocedió. Sus ojos estaban fijos en la sombra bajo el sauce. La silueta no se ocultaba; permanecía allí, estática, como una declaración de guerra silenciosa en medio de su propiedad. Aunque no lo distinguía del todo, Lysandra sabía que era él. Elías no había venido solo a gritar insultos en el vestíbulo; había regresado para reclamar el territorio que consideraba suyo por derecho de sangre, y estaba dispuesto