Miguel condujo hasta el consultorio de la Dra. Ibarra con las manos sujetando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían quedado sin sangre, la ciudad deslizándose en un desdibujamiento que apenas registraba, su mente girando sin descanso entre las dos versiones de la mañana que podrían esperarlo. Volvía una y otra vez a la voz cuidadosa y medida de Andrew — *el laboratorio no tiene registro de haber recibido nunca una muestra* — y luego, igual de rápido, al recuerdo de Luna doblada