Los treinta días vencieron un martes, gris y vulgar, con la lluvia trazando en los cristales del juzgado líneas delgadas y persistentes que coincidían, pensó Miguel, con la cualidad exacta de su propio ánimo mientras permanecía sentado en la misma sala revestida de madera donde una vez había suplicado por una prórroga que ya no deseaba. No había pedido otra extensión. Ya no quedaba nada hacia lo cual extenderse, ninguna frágil esperanza que valiera la pena seguir alimentando, solo el trámite ll