Alejandro empujó la puerta lentamente, en silencio, guiado por un viejo y cuidadoso instinto de moverse como si un ruido repentino pudiera deshacer cualquier frágil estabilidad que los médicos hubieran logrado asegurar, y encontró a Celeste reclinada sobre delgadas almohadas, con un vendaje pegado a lo largo del nacimiento del pelo y su muñeca izquierda envuelta en un yeso que parecía, contra el azul pálido de la bata de hospital, casi obscenamente brillante.
* Hola. - Su voz salió quebrada, r