Horas más tarde, el resplandor azulado de la madrugada empezaba a filtrarse por las cortinas. Alma descansaba con la cabeza sobre el pecho de Iván, escuchando el latido rítmico de su corazón, el sonido que ahora gobernaba su mundo.
Él tenía un brazo rodeándola, manteniendo su cuerpo pegado al suyo como si temiera que, al soltarla, ella pudiera evaporarse con la bruma de la mañana.
— No te voy a dejar ir nunca — susurró Iván en la oscuridad, con la voz todavía teñida por el cansancio y el placer