El estruendo de la última descarga de fuegos artificiales se extinguió sobre la bahía de Miami, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el ruido atronador anterior.
En la planta baja de la mansión de los Lockwood, el eco de los tacones de los invitados y el tintineo de las copas de cristal de Baccarat se habían convertido en un vago recuerdo.
El servicio de limpieza se movía con la eficiencia de sombras silenciosas, borrando el rastro de la opulencia de una noche que, para el mundo ex