El rugido del motor del jeep militar todavía resonaba en las paredes de mármol del vestíbulo cuando el Coronel Silas Garrison cruzó el umbral.
No traía maletas de diseñador ni un séquito de asistentes, solo un maletín de metal y una mirada que parecía capaz de atravesar el blindaje de un tanque.
Vestía un traje sobrio impecablemente planchado, y sus botas, aunque desgastadas por el uso real, brillaban con una disciplina que hacía que los zapatos de tres mil dólares de Iván parecieran juguetes de