La mañana del juicio amaneció con un cielo plomizo sobre Miami, como si el clima se hubiera puesto de acuerdo con el ánimo opresivo que reinaba en la mansión Lockwood. Los pasillos, usualmente impecables, se sentían estrechos ante el despliegue de seguridad.
Alma se miraba al espejo del vestidor, alisando su traje sastre azul marino. Sus manos temblaban tanto que el diamante de la familia Lockwood emitía destellos nerviosos y el maquillaje apenas lograba ocultar las sombras bajo sus ojos, testi