Maximilian Voss.
El silencio que se instaló en el vestidor del penthouse después de mi última estocada no fue el de la complacencia, sino el de una fractura interna que me resultaba insoportable. Me retiré de su cuerpo con una parsimonia mecánica, reajustando mi ropa interior con dedos rígidos mientras observaba a Evangeline yacer de bruces sobre la cómoda de madera, con la frente apoyada en el borde del mueble y los hombros sacudidos por un jadeo residual. Sus nalgas, intensamente rojas y co