Maximilian Voss.
Salí del ascensor privado a las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, esperando encontrar el penthouse impregnado de la atmósfera de sumisión silenciosa que había ordenado desde la mañana. En su lugar, el silencio que me recibió era diferente: un vacío estéril que delataba la ausencia de vida. Caminé por el pasillo principal, llamando su nombre con una inflexión modular que no admitía réplicas.
—Evangeline.
Nadie contestó. Recorrí la suite principal, el cuarto de baño y