Evangeline Olmos.
El silencio que sobrevino al clímax fue denso, casi tangible, alterado únicamente por el compás apresurado de nuestras respiraciones que poco a poco buscaban recuperar su ritmo natural. Me quedé boca abajo, con la mejilla hundida en el edredón de seda y los ojos entornados, contemplando las manchas de humedad que el doble squirt había dejado sobre la superficie blanca. Mi mente estaba vacía, desprovista de cualquier rastro de la lógica ejecutiva o de la rectitud religiosa que