Evangeline Olmos.
La claridad grisácea del amanecer comenzó a filtrarse por los enormes ventanales de la suite presidencial, disolviendo las sombras de la noche pero haciendo dolorosamente nítida la realidad. Abrí los ojos lentamente, sintiendo el peso de un cansancio desconocido que me entumecía los músculos. Me moví sobre las sábanas de hilo y un quejido ahogado escapó de mis labios; me dolía absolutamente todo el cuerpo. Sentía una sensibilidad punzante en mis muslos, una quemazón íntima en